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Cuando hablé hace unas semanas de que era admirable y maravilloso tener la valentía de ilusionarse e iniciarse en una disciplina tan complicada como el ballet clásico, quise dejar para más adelante mi experiencia personal para centrarme en ellas como bien se merecen.

Yo siempre he disfrutado bailando, y con motivo de iniciar un grupo de danza, Ritmos Latinos, decidí aprovechar para aprender algo de esta disciplina. ¿Y qué ocurrió? Que me enamoré de la salsa, me volví a ilusionar como no lo hacía desde hace más de 20 años cuando empecé a bailar, y que la falta de novedad, en este aspecto, me habían apagado.

La salsa es tan divertida y pasional que no podría ser de otra manera, a pesar de que siempre tuve el prejuicio de que no sería para tanto. Bien, tengo que decir que en ello es importante el maestro, y en este caso mi maestro, Lester Vergara, que además de enseñar a bailar salsa, bachata, merengue,… te habla, con sus movimientos, del guanguancó, de la danza afrocubana, de la raíz de la salsa para entenderla y saber emocionarte con ella.

No solo sabe enseñar los pasos, sabe transmitir lo importante que es para él contarte, a través de la danza, la historia de una cultura fuerte y apasionada.

Con la salsa, y con Lester, he aprendido que la danza no solo es una maravillosa forma de expresión, si no que es viajar por el mundo a través de sus movimientos, que es conocer la historia, que es crecer, reaprender, ilusionarte y enamorarte.

Gracias Lester, por mostrarme tu arte cubano, por enseñarme los Ritmos Latinos, por hacer que volviera a ilusionarme con la danza.